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APARICIONES DE PRADO NUEVO DEL ESCORIAL








ENERO 1984

MAYO 1984

JUNIO 1984

JULIO 1984

SEPTIEMBRE 1984



MENSAJE DEL DÍA 1 DE SEPTIEMBRE DE 1984

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)



Como es habitual los primeros sábados, miles de personas acuden a rezar el santo Rosario a Prado Nuevo. Al final del cuarto misterio, Amparo con un gesto de admiración y profundos suspiros de felicidad, transmite las palabras que le comunican la santísima Virgen y el Señor.



LA VIRGEN:

"Voy a dar mi santa bendición, hija mía, como he prometido; después se quedará mi Hijo contigo.

Yo os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice, por medio del Hijo y con el Espiritu Santo.



(Al ver al Señor, Amparo emite expresiones inarticuladas de íntimo e intenso júbilo).



EL SEÑOR:

Hija mía, que no te invada la tristeza, refúgiate en mi Corazón; mi Corazón está abierto para que te refugies en él (aquí Amparo da señales, sin palabras, de gozosa emoción); aunque estás llena de miserias, de faltas, hija mía, te dejo un hueco en mi Corazón; ya sabes que escojo víctimas y quiero almas víctimas para salvar por lo menos la tercera parte de la humanidad.

(Amparo exterioriza profunda tristeza)

¡Cuántas veces te he dicho que nunca digas: no puedo más!; no abandones el tesoro de la cruz; cógela sobre tus hombros y tenla unos segundos.

(Amparo toma algo que no y se lo pone sobre su hombro derecho, dando la sensación de que lleva a cuestas una cruz muy pesada que la obliga a manifestar intenso dolor).

Descárgatela, he dicho sólo unos segundos.

(Con gran dificultad, Amparo se descarga lo que parece pesarle mucho y sus lamentos se vuelven más suaves).

Esto es el tesoro de la cruz, hija mía; con la cruz podrás llegar muy alto, pero sin la cruz no conseguirás las moradas, hija mía.

(Amparo solloza nuevamente).

La tristeza que te invade, deséchala, no pierdas el tiempo en esa tristeza. Mientras estas pensando en invadirte con esa tristeza, no piensas en Mí, hija mía; no quiero que me robes ni un minuto de tiempo.

Ahora, para que seas humilde; en acto de humildad, besa el suelo, hija mía.

(Se inclina lentamente y besa el suelo siendo acompañada por muchos de los presentes). En acto de humildad. Quiero que seas humilde para poder terminar de pulirte, hija mía.

(Amparo respira profundamente y dice):

Déjame que toque el pie. (Toca algo en el aire y da la sensación de besarlo).

Cuando estés triste, implora a mi Corazón, y mi Corazón te refugiará.

(Amparo solloza nuevamente y le dice al Señor):

Ayúdame, ayúdame.

¿Cómo voy a abandonar a un alma que he escogido para víctima?, antes me abandonarías tú, hija mía; pero Yo nunca te abandonaré.

(Amparo vuelve a sollozar, aunque más serenamente). Te quiero más enferma todavía, como víctima para la salvación de las almas. ¿De que te iba a servir, hija mía - ya te he dicho muchas veces- tenerlo todo, si vas a perder tu alma?

No me abandones, hija mía. Si te calumnian ofrécete a Mí, a Mí me calumniaron, y tú no eres más que Yo.

(Amparo entre sollozos dice):

Yo quiero ser como Tú quieras, pero ayúdame, se ríen de mí.

De Mí se rieron, hija mía, y hasta mis discípulos me abandonaron. Quiero que seas humilde, y deja la soberbia, hija mía. Yo no te daré más de lo que puedes. Ofrécete como víctima que te escogí; tú dijiste que sí, hija mía. Yo nunca cojo víctimas sin que ellas digan sí al sufrimiento.

Vuelve a besar el suelo por la salvación de las almas, hija mía. (Por segunda vez Amparo besa el suelo, siendo acompañada igual que la vez anterior por muchos de los asistentes al rezo del santo Rosario).

Te quiero humilde para terminar de pulir tu cuerpo. (Suspiros de satisfacción).

Voy a dar mi santa bendición.

Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice, por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

Hoy voy a bendecir Yo todos los objetos.

Qué satisfacción siente mi Corazón de ver que miles de almas están en este lugar. (Con la satisfacción de Jesús concuerda la de Amparo gozosamente expresada).

Levantad todos los objetos.

(Después de profundos suspiros de satisfacción, dice embargada de tristeza):

No te vayas.

Adiós, hijos míos. Adiós".

(Continúa el rezo del quinto misterio).





MENSAJE DEL DÍA 15 DE SEPTIEMBRE DE 1984

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)



La concurrencia de público a este Rosario puede compararse por su gran número con la de los primeros sábados de mes.

Durante las peticiones que anteceden al segundo misterio, Amparo entra en éxtasis, haciendo una prolongada exteriorización de gozosa emoción ante la aparición que contempla. Comienza hablando la santísima Virgen:

"Hoy hace, hija mía, un año para vosotros que estuve presente durante todo el rezo del santo Rosario. Yo lo dirigía, hija mía, (gozosas expresiones de satisfacción inarticuladas de Amparo) hoy sólo, hija mía, te voy a dar un corto mensaje:

Tenéis que rezar mucho. Tienes que decirle a los humanos: España está en peligro (Amparo solloza) Pero, ¿sabes quién forma esas guerras? Los hombres con su pecado (aumenta el sollozo de Amparo). La mejor arma, hijos míos, es el Rosario (gemidos de Amparo). ¡Qué crueles son los humanos! Porque Yo soy la Reina de la paz, quiero la paz para vosotros. Los humanos buscan las guerras. Con vuestras oraciones y con tu sacrificio podéis evitar una gran guerra.

Los secuaces del anticristo están entre vosotros, hija mía; están formando la guerra (gemidos y ayes de Amparo). Ante los ojos de los hombres, hija mía, son corderitos; pero están buscando la guerra. Está próxima esa gran guerra. Con vuestras oraciones podéis evitarla, hija mía. Sacrificio, te pido acompañado de la oración.

Vas a tener un tierno coloquio con mi Hijo, hija mía, (expresiones inarticuladas de alegría, cuya expresión intensifica con ayes muy gozosos ante la presencia del Señor, que es quien habla ahora preguntando):



¿Me amas, Luz? (sigue la intensa alegría emotiva con la que responde):



¡Mucho, mucho! ¡Ay, te amo mucho!



¿Eres capaz de dar la vida por Mí?



¡Ay, sí, sí!



No quiero que te quejes, hija mía; el sufrimiento no te sirve.



¡Ay, ay, ay, ay! (con profundo sentimiento).

Busca refugio en mi Corazón.



¡Ay! sí, lo busco; lo busco.



Mi Corazón puede ser el único que te puede consolar (prolongados, gozosísimos ayes de consuelo y alegría de Amparo).



Quiero que tu corazón se derrita por mi amor.



¡Ay, qué grande eres, qué grande, qué grande! ¡Ay, si siempre te estuvieras conmigo...!



Siempre estoy contigo, hija mía, aunque no me veas; búscame, pues estoy.



¡Ay, qué grande, Dios mío! ¿Cuándo podré estar yo ahí siempre, siempre? ¡Aaay!



Dentro de poco. Piensa en Jacinta, hija mía, piensa en Francisco, que están gozando de la presencia de Dios; pero piensa en Lucía, que le dije: dentro de poco vendrás conmigo, y, ¡cuánto tiempo lleva entre la humanidad! Pues lo mismo te digo: dentro de poco, hija mía.



¡Ay, Madre mía! (Intensa fruición) ¡Ay, qué guapos sois los dos, ayyy, qué guapos, aaay, aaay, ay Madre; ay, mi corazón y mi cuerpo no sé lo que pasa, ayyy! ¡Ay, qué grandes sois! ¡Ay, yo quiero estar con vosotros siempre! (Expresiones inarticuladas de profunda emoción) ¿No me veis cómo estoy, hecha una piltrafa? ¡Ay, Jesús! (Ayes entre sollozos de vivas ansias).



Esa piltrafa puede salvar muchas almas, hija mía.



¡Ay, qué grande eres! ¡Ay, bendecid los dos; ay, qué grande, aaay, aaah...!



Levantad todos los objetos.

¡Aaah, aaah! (prolongadas inspiraciones y expiraciones sumamente gozosas).

Todos han sido bendecidos.

¡Aaah, aaay, bendícelos Tú... Aaah, aaah...!

Todos han sido bendecidos, hija mía.



¡Qué grande eres, ay, qué grande, ay, ayyy! (Fruitiva emoción).

Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice, por medio... (Amparo santiguándose, se turba, pensando en las dos formas de la cruz, y, con la mano suspendida en el aire, dice):

¡Ay, no!; ¿Medio del Hijo, con el Espíritu Santo...? Dilo Tú, di, ay, di la otra cruz.



Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice, por medio del Hijo y con el Espíritu Santo. (Amparo solloza con alegría).

Adiós, hijos míos. Adiós".

(Largos gemidos de penosa añoranza, mientras va retornando a su normalidad).





MENSAJE DEL DÍA 6 DE OCTUBRE DE 1984

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

LA VIRGEN:



"Hija mía, hoy voy a hacer un llamamiento, para todos los sacerdotes, para que éstos, publiquen que dentro de poco, habrá grandes catástrofes sobre la tierra. QUE ESTÉN LOS HUMANOS PREPARADOS, HIJA MÍA (llanto de Amparo).

También los hombres impíos reniegan de la existencia de Dios: ellos quieren gobernar la tierra, con sus malos ejemplos, hija mía. Los sacerdotes dejan el camino de Dios, y se van por el camino de los placeres y quitan la fe en los pueblos... También las madres, hija mía, han perdido maternidad, y cometen grandes crímenes con sus propios hijos.

REZAD, HIJOS MÍOS, Y HACED PENITENCIA, QUE EL TIEMPO SE ACABA.

Mira, hija mía, mira mi Hijo.



EL SEÑOR:

Me dijiste que me amabas.



¡Ay y te amo! (Amparo llora al oír estas palabras del Señor).



Tienes que amarme más: si tú me amas Yo te amo; sólo nos queda la salvación de las almas. Los hombres siguen crueles, hija mía. (Toda esta escena va acompañada de suspiros, gemidos y expresiones entrecortadas de Amparo que no se entienden).

MIRA MI FRENTE, MIRA MI ESPALDA, HIJA MÍA: ¿SABES QUIEN ME HA HECHO ESTO? EL AMOR QUE SIENTO POR VOSOTROS.

VE LA LLAGA DE MI COSTADO: ¿SABES QUIEN ME HA HECHO ESTO? EL AMOR QUE SIENTO POR LOS HOMBRES.

MIRA MIS PIES Y MIS MANOS: ¿SABES QUIEN HA HECHO ESTO? EL AMOR QUE SIENTO A LOS HOMBRES.

Por eso te digo, hija mía, que me ames mucho, que el hueco de mi Corazón es para ti, hija mía.

Besa el suelo hija mía, en acto de humildad. (Amparo besa el suelo y al tiempo que ella muchas personas). Por la salvación de las almas. Por las almas consagradas. ¡Pobres almas...! ¡Qué mal corresponden a mi amor! ¡Cuántas almas abandonan a Cristo y se introducen en los placeres del mundo!

Tú, hija mía, busca la humillación. Sé sencilla, hija mía, muy sencilla.

Voy a bendecir todos los objetos. (Pausa). Todos han sido bendecidos hija mía.

Voy a dar mi santa bendición: Os bendigo, como el Padre os bendice, por medio del Hijo, y con el Espíritu Santo.



HABLA LA STMA. VIRGEN:

Ahora me toca a Mí la santa bendición hija mía: Os bendigo hijos míos, como el Padre os bendice, por medio de mi Hijo, y con el Espíritu Santo.

Adiós, hijos míos, ¡adiós!"





MENSAJE DEL DÍA 7 DE OCTUBRE DE 1984

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)



LA VIRGEN:

"Hija mía, he querido probar, a todo el ser humano que está aquí presente. Los curiosos han tenido que aguantar todo el santo Rosario.

Soy la misma, hija mía, la misma de siempre, sólo he cambiado el Rosario, hija mía.

Hoy para el ser humano, es una fiesta importante, hija mía. Para todo aquel que ama con todo su corazón. El Rosario es el arma más potente, hija mía, para salvar a la humanidad. Mira qué Rosario, de cada cuenta de este Rosario, derramo multitud de gracias para el ser humano, hija mía, pero ¡qué poco aprovecha el ser humano, mis manifestaciones, hija mía!

Ya te dije que este pueblo era como el pueblo de Israel, incrédulo puro, cruel, hija mía. A mi hijo, hija mía, tampoco le creyeron en su pueblo. El ser humano es cruel.



AMPARO:

Te voy a preguntar una cosa. ¿Es verdad...? Es que no quiero decirlo; así...



LA VIRGEN:

Dímelo con estas letras (habla en idioma desconocido...). No, hija mía, no es cierto; ni es de Dios ni del enemigo, se lo causa él mismo, hija mía. Ten cuidado, no te dejes engañar, por ningún profeta falso.



AMPARO: Está engañando a la gente.



LA VIRGEN:

Te advertí que vendrían profetas falsos. Besa el suelo, hija mía... Ofrécelo por esa pobre alma, hija mía.



AMPARO : Y ¿qué quiere, y qué quiere?



LA VIRGEN:

Protagonismo quiere, hija mía. Habla con él y díselo a él solo. Las cosas de Dios son muy serias, hija mía, no se puede jugar con nuestros nombres. ¡Qué malo es el protagonismo, hija mía! Por eso te digo que estés baja muy baja, para subir alta muy alta; cuanto más subas, hija mía, más baja estarás. Te quiero sencilla, muy sencilla. Han recibido gracias muy especiales y las aprovechan para destruir esta obra, hija mía. ¡Pobres almas...! Ese alma está engañando hasta a su propia familia, hija mía. Pide mucho por ella, que tiene un alma, hija mía, y es tu hermano en Cristo. Pide por él mucho, hija mía. Que nadie, nadie te engañe, hija mía. Te lo advertí que esto sucedería. ¡Mira cómo ha llegado el momento!

HUMILDAD Y SACRIFICIO, con humildad y sacrificio, hija mía, el enemigo no podrá con esto.

Vuelve a besar el suelo, hija mía, por las almas consagradas... ¡Pobres almas...! ¡Las ama tanto mi Corazón! ¡Qué mal corresponden a este amor, hija mía!

He dicho que grandes catástrofes, caerían sobre la tierra, hija mía. Pero no tengáis miedo, y no perdáis la fe ni la calma; VUESTRA MADRE ESTA CON VOSOTROS, HIJOS MÍOS. Y muchos sacerdotes, hija mía, ¡qué cobardía sienten para hablar de esto! Son cobardes, hija mía, y a mi Hijo no le gusta la cobardía.

SED FUERTES, Y HABLAD LA PALABRA DEL EVANGELIO; PERO NO NEGUÉIS LO QUE HABÉIS VISTO, HIJOS MÍOS. Esto nunca va en contra de la Iglesia Católica, hija mía. (Amparo llora). Si alguien, te dijese, hija mía, que vas en contra de la religión católica..., una Madre, y Madre de la Iglesia, no puede hablar en contra de su Iglesia, hija mía. ¡MADRE DE LA IGLESIA Y MADRE DE TODA LA HUMANIDAD!

Quiero que recéis las tres partes del Rosario, hija mía. ¡Me agrada tanto esta plegaria...! ¡Qué plegaria más bonita: "Madre de Dios y Madre nuestra"!



AMPARO:

¡Qué Rosario, ay, qué Rosario, ay, se desprende luz del Rosario!



LA VIRGEN:

QUIEN RECE EL ROSARIO HIJA MÍA, NO PERMITIRÉ QUE SE CONDENE.

Voy a bendecir los objetos, especialmente los rosarios, hija mía. Sácate el rosario bolsillo.

Sacad todos los objetos (pausa). Todos han sido bendecidos, especialmente los rosarios, para los moribundos, hija mía.

Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice, por medio del Hijo, y con el Espíritu Santo.

Adiós, hijos míos. ¡Adiós!"





MENSAJE DEL DÍA 3 DE NOVIEMBRE DE 1984

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)



Como es habitual los primeros sábados de mes, miles de personas acuden de muchos lugares de España y del extranjero a rezar el santo Rosario, a Prado Nuevo, en El Escorial. A su llegada al Prado, Amparo advierte:

Aquí se pide por todo el mundo aunque yo no lea las peticiones. Yo pido por todos y por todas esas intenciones que piden, si es especialmente para el bien de nuestras almas. Eso se le pide a la Stma. Virgen.

También les voy a decir, como les he dicho otras veces, que yo no soy nadie para que se peleen ustedes por tocarme; porque yo soy un instrumento nada más. Pero que soy un ser humano como Vds. Caigo, me levanto, igual que Vds. Procuro caer menos, pero sigo cayendo. O sea, que no me vean ustedes como un ídolo, porque yo no soy ningún ídolo, ni soy ninguna santa tampoco. Soy una gran pecadora.

Vamos a empezar el santo Rosario. (Al llegar al quinto misterio el rostro de Amparo se transforma y tras unos momentos demuestra con profundos suspiros una gran satisfacción con un gozo indescriptible, entra en éxtasis y la Stma. Virgen le dice):



"Hija mía, hoy voy a hacer un llamamiento para los verdaderos imitadores de Cristo; de Cristo que se hizo hombre para salvar a la humanidad.

También, hija mía, aquellos que han vivido en la pobreza, en el desprecio, en la humildad, en la castidad, en la calumnia, en la mortificación, para todos ellos, hijos míos para todos hago este llamamiento. Salid, hijos míos, salid y llevad por todos los pueblos de la tierra la luz del Evangelio de Cristo.

Vosotros, hijos míos, que aceptáis la palabra de Dios, sois hijos de la luz, hijos míos, tenéis que llevar la luz por todos los rincones del mundo.

Luchad, hijos míos, luchad, que el tiempo apremia y las almas se condenan.

Hija mía, también hago un llamamiento a mis almas consagradas. Luchad, luchad, no tengáis miedo. Si está Cristo con vosotros, ¿a quién podéis temer, hijos míos?

Sí, hija mía, los conductores de mi Hijo, ¡cuántos van por el camino de la perdición! Mi Corazón sangra de dolor por todos ellos. Por eso necesitamos almas víctimas para que reparen los pecados de las almas consagradas. (Amparo se pone a llorar).

Sí, hija mía, el mundo está cada día peor. Esas pobres almas, esas almas consagradas; que mi Hijo se humilla a esas manos y baja para que lo conduzcan a donde quieran, ¡pobres almas! Los pecados de las almas consagradas claman al cielo venganza. La venganza es terrible; y está a las puertas, hija mía.

Las almas consagradas, hija mía, abandonan la oración y la penitencia y se introducen en los placeres del mundo, ¡pobres almas! Cuando celebran el misterio de la Misa, ¡qué poca fe ponen en él, hija mía! Por eso mi Corazón está sediento de almas que reparen, hija mía. Necesito muchas almas para reparar los pecados.

Besa el suelo, hija mía, por las almas consagradas (Amparo se inclina lentamente y, sin apoyar las manos, besa el suelo). Hija mía, por su impiedad en celebrar los misterios, por su amor al dinero, se van metiendo en el camino del abismo. Rezad por ellos, hijos míos; haced sacrificio y penitencia acompañado de oración, ¡pobres almas! ¡las ama tanto mi Corazón...! Tanto las ama, hija mía, que mi Corazón tiene un hueco; un hueco para todas ellas, hija mía.

Todo el que quiera refugiarse en mi Corazón, lo tengo preparado, hija mía.

También llamo a aquellas almas que se han consagrado a mi Corazón, con el fin de que mi Corazón los conduzca a mi Hijo. También les hago ese llamamiento.

Todos, hijos míos, todos unidos luchad, luchad por la gloria de Dios. No os acobardéis por el "qué dirán", ni por la calumnia, hijos míos. Dichoso aquél que sea calumniado por nuestra causa, hijos míos. No tengáis miedo. Orad, hijos míos, que orando, el enemigo no podrá con vosotros.

Acercaos al sacramento de la Eucaristía; pero antes lavad vuestras almas, hijos míos, con el sacramento de la penitencia. Acercaos cada uno individualmente al sacramento de la confesión. ¡Me agrada tanto, hijos míos...! ¡Me agrada tanto que os pongáis a bien con Dios...! Mi Corazón de Madre sufre, hija mía, cuando veo que uno de mis hijos se precipita en el abismo, hija mía (Amparo vuelve a llorar). Es terrible, hija mía, el fuego del infierno. Es terrible. Estos cuerpos no se consumen, hija mía. Las llamas no los consumen. Es eterno, hija mía; este sufrimiento es eterno.

Vuelve a besar el suelo por los pobres pecadores, hija mía, (Amparo se vuelve a inclinar besando el suelo).

No os riáis de los mensajes de vuestra Madre, hijos míos. Vuestra Madre os quiere salvar. Y tú, hija mía, busca la calumnia, busca la humillación. Bienaventurado aquel que sea calumniado por nuestros nombres, hija mía.

Voy a daros mi santa bendición. Pero antes, levantad todos los objetos. Todos serán bendecidos (pausa larga). Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice, por medio del Hijo, y con el Espíritu Santo.

Adiós, hijos míos, ¡adiós!"





MENSAJE DEL DÍA 18 DE NOVIEMBRE DE 1984

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)



Durante el rezo del santo Rosario, en la cuarta "avemaría" del cuarto misterio, al llegar a las palabras "Madre de Dios y Madre nuestra", Amparo entra en éxtasis, ante la presencia de la Stma. Virgen y del Señor, los cuales le comunican el siguiente mensaje que ella transmite:



LA VIRGEN:

"Quieta, hija mía, no te levantes (gozosos suspiros de Amparo). Sólo vengo a decirte, hija mía, a recordarte: SACRIFICIO, SACRIFICIO Y PENITENCIA, hijos míos. (Ante la presencia del Señor se intensifican y prolongan los gozosos suspiros de Amparo).



EL SEÑOR:

Luz, hija mía, ¿me sigues amando? (Amparo contesta):

Mucho, Señor, ¡mucho, mucho! (Prosigue el Señor):

Más que Yo a ti, no, hija mía. Mi amor nadie puede igualarlo, hija mía. Si supiesen las almas, hija mía, las almas, el amor que mi Corazón tiene por ellas, no serían capaces de ofenderme. Ni tú misma comprendes ese amor.

Refúgiate en mi Corazón. Mi Corazón está hueco, hija mía, hueco para todo aquel que quiera refugiarse en él. Pero mira cómo está cercado de espinas por las almas ingratas que no quieren amar a mi Corazón.

Hija mía, YO TE PROMETO QUE TODO AQUEL QUE AME A ESTE CORAZÓN NO SE CONDENARÁ, HIJA MÍA; LO PRESERVARÉ DE LAS PENAS DEL INFIERNO.

Mira mi Corazón cómo derrama gracias. Esos rayos de luz que salen de él son las gracias que derrama, hija mía. Esa luz se esparce sobre todas las almas que están aquí presentes (larga pausa). Ninguna, ningún alma de las aquí presentes han dejado de percibir mi gracia, hija mía, ¡más oportunidad...! ¿Qué quiere el ser humano para salvarse, hija mía? Di mi vida, derramé mi sangre por todos ellos..., y siguen cada vez peor, hija mía. ¿Por qué está el mundo asi...? Por los pecados de los hombres. Y a cada uno se le dará según sus obras, hija mía.

Presentaos ante el Padre con las manos llenas; no con las manos vacías. Todo aquel que reciba estas gracias, será gratificado, pero a muy alto precio, hija mía.

AMAOS LOS UNOS A LOS OTROS COMO YO OS AMÉ, hijos míos. Yo derramé el amor por toda la tierra, para que todos estuvieseis unidos. ¿Qué habéis hecho de ese amor...? Guerra, discordia. Ya te dije que los padres contra los hijos; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra; hermano contra hermano...; todo esto está sucediendo, hija mía. Y, cuando esto aconteciese se aproximaría el fin de los fines.

La oración y el sacrificio salvan al alma, hija mía. Y vosotros, vosotros, hijos míos, tenéis un pacto conmigo. ID POR TODOS LOS RINCONES A PUBLICAR LA PALABRA DE CRISTO. ¡Los Evangelios, los Evangelios!, hijos míos. TODOS AQUELLOS QUE SIGAN EL CAMINO DE LOS EVANGELIOS, SE SALVARAN. Pero, ¡ay de aquel que cierre sus oídos a estas palabras! Más le valiera no haber nacido, hija mía; que a su cuello se colgase una rueda de molino y se arrojase al mar.

No leen bien. Ningún bien para el alma... (Amparo habla un idioma extraño). La fecha del castigo es esta, hija mía, (vuelve a hablar en el mismo extraño idioma unas palabras) Pero, si estáis con Cristo, ¿a quién podéis temer, hijos míos?

Quiero que seáis pobres, humildes, hijos míos, y sacrificados. "Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos".

Amaos, hijos míos, amaos unos a otros. REZAD MUCHO POR LOS PASTORES DE LA IGLESIA.

Os voy a dar mi santa bendición: Yo os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice, por medio del Hijo, y con el Espíritu Santo.



LA VIRGEN:

Recibid mi santa bendición, hijos míos, hija mía, y sé humilde, muy humilde. Y ama a tus enemigos, pues ellos son los que te están sembrando el camino de la morada, hija mía. Con sus mentiras y con sus calumnias te están labrando el camino. Busca la humillación, hija mía, piensa que a mi hijo lo humillaban y lo maltrataron. Le llamaron el vagabundo. Y, ¿cuántas veces te voy a decir que no es más el discípulo que su maestro?

Amanos mucho, hija mía, ama nuestros Corazones y refúgiate en ellos, porque ellos serán los que no te fallen, hija mía. TODO EL SER HUMANO FALLA, PERO NUESTROS CORAZONES NO FALLAN.

Levantad todos los objetos, hijos míos (pausa). Todos han sido bendecidos, hija mía. Tienen gracias especiales. Que muchas de estas gracias ya se han derramado sobre muchas almas, hija mía.

Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice, por medio del Hijo, y con el Espíritu Santo.

Adiós, hijos míos, adiós!"





MENSAJE DEL DÍA 25 DE NOVIEMBRE DE 1984

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)



LA VIRGEN:

"Lo primero de todo, hija mía, has de reparar los pecados de los hombres.

Besa el suelo (Amparo se inclina lentamente y sin apoyar las manos, besa el suelo).

Hay que reparar y hacer penitencia, hija mía, porque los hombres siguen cada día peor.

Vuelve a besar el suelo, por las almas consagradas.

El mundo, hija mía, está hundido. Los pecados y las impurezas de los hombres están clamando al cielo venganza, como los pecados de las almas consagradas.

Sí, hija mía, hay que hacer sacrificio y penitencia para que los hombres cambien. Por lo menos, quiero que se salve la tercera parte de la humanidad. No cambian, hija mía, y mi Corazón está transido de dolor. ¡Cuánto las ama! ¡Cuánto! a esas almas, hija mía.

No amo porque me correspondan. No, hija mía, porque no corresponden a mi amor. Por eso te digo que el mundo está cada vez peor. Mi Corazón sufre, porque si te dijese, hija mía, cada día el número de almas que se condenan, te horrorizarías. Por eso, hay que hacer penitencia, penitencia para reparar, hija mía.

¡Qué crueles son los hombres! No tienen compasión de Mí, hija mía.

Dicen que no sufro. Mi Corazón sufre, porque en este momento no estoy gloriosa, hija mía.

Los hombres son crueles a mi amor, hija mía.

Vuelve a besar el suelo, hija mía.

Piensa que el que se humilla será ensalzado. Es una humillación, hija mía, pero piensa que te he dicho que busques la humillación. Piensa en el reino de Cristo, hija mía. Este reino es el más grande.

Mira a tu rey, hija mía.

Este reino no falla, hija mía, todo el que se doble ante El, recibirá la recompensa, hija mía, humíllate; pero refúgiate en mi Corazón.



EL SEÑOR:

Soy rey de cielo y tierra.

Los gobernantes, hija mía, muchos de ellos, son demonios encarnados que hablan de paz y están fabricando armas mortíferas, hija mía, mortíferas para morir la humanidad, para destruir varias naciones.

Hablan de paz, pero están haciendo la guerra.

Varias naciones serán destruidas, entre ellas parte de Europa.

En las casas, hija mía, no hablan nada más que de desunión a las familias, de desunión y de placeres, hija mía, no hablan de Dios, de Dios Padre. El que no se acuerde de Dios Padre, no entrará en el reino del cielo.

El es vuestro Creador, y será vuestro Salvador.

Pedidle a Dios Padre, o pedid a mi Madre, y mi Madre vendrá a Mí, para que Yo vaya al Padre.

Hablad a las familias de mi nombre, hijos míos, no escondáis mi nombre.

Se está haciendo desaparecer todo lo que es de Dios, hijos míos.

Grandes terremotos azotarán a la humanidad.

Grandes castigos, hija mía, se irán viendo y ¡ay, pobre de aquel que no escuche mis palabras!

Sed víctimas, hijos míos, que Adán fue la víctima penitente y Yo soy la víctima inocente, y la víctima inocente derramó su sangre y dio la vida por todos vosotros. Era preciso morir para resucitar.

Haceos pequeños, hijos míos, muy pequeños, como uno de los niños.

Y tú, refúgiate en mi Corazón.

Mi Corazón te consolará, hija mía.

Y vosotros, hijos míos, penitencia, penitencia para sembrar vuestro camino.

Y todos aquellos curiosos, ¡¡fuera!! ¡¡FUERA LOS CURIOSOS!!

Venid, hijos míos, a escuchar la palabra de Dios, la palabra de vuestro rey de cielos y tierra.

Mi Corazón está triste de ver que los hombres no cambian.

La ira de Dios Padre la están sujetando los ángeles del cielo.

Grandes catástrofes, hijos míos, van a caer sobre la tierra. Será espantoso. ¡Ay de los habitantes de la tierra!

Os pedimos oración que salga de vuestro corazón, no de vuestros labios. ¡Cuántos estáis aquí presentes y cuando decís: "Padre nuestro que estás en los cielos", no sentís dentro de vuestro corazón esas palabras, hijos míos!

Que desde hoy salgan estas palabras de lo más profundo de vuestro corazón.

No quiero fariseos, quiero almas víctimas, pobres y sacrificadas.

Amaos los unos a los otros, hijos míos. Que mi amor se derrame sobre vuestros corazones.

Y tú, hija mía, humíllate, sé humilde, busca la humillación, que las almas víctimas tienen que ser humildes, hija mía.

Vuestro Rey, hijos míos, vuestro Rey triunfará sobre toda la humanidad. Este Corazón Divino y misericordioso será el que triunfe con el Corazón de mi Madre.

Hijos míos, sed humildes, y que vuestras oraciones salgan de lo más profundo de vuestros corazones.

Y tú, hija mía, te quiero víctima, pero víctima de verdad.

Levantad todos los objetos, todos serán bendecidos, hijos míos.

Todos han sido bendecidos por vuestro Rey, hijos míos.

Esta bendición es una bendición importante.

Guardad vuestros objetos, hijos míos, os servirán cuando llegue el día de las tinieblas, esos tres días con esas tres noches, esos objetos lucirán, hija mía, lucirán en cualquier parte que estén.

Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice, por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.



LA VIRGEN:

Hijos míos, haced caso de mi Hijo. Os está dando avisos por medio del Padre para salvaros, hijos míos, haced caso.

Y Yo como Madre de toda la humanidad quiero salvaros; sed humildes, humildes sacrificados, hijos míos.

Y os voy a bendecir los objetos.

También estas gracias, como Madre de amor y misericordia, sirven, hija mía, sirven para toda la humanidad.

No os desprendáis de este objeto, hijos míos. Este objeto tiene muchas gracias.

Y tú, hija mía, sé humilde, muy humilde. Busca la humillación y humíllate. Piensa en Cristo Jesús como Rey y como mendigo, hija mía.

Amad a vuestros enemigos, y amaos unos a otros.

Pensad, hijos míos, que la muerte puede llegar como el ladrón, sin avisar.

Estad preparados. Estad preparados, hijos míos, que mi Corazón sufre por todos mis hijos, ¡por todos, sin distinción de razas!

Vas a escribir tres nombres en el libro de la vida, hija mía. Ya hay tres nombres más en el libro de la vida, hija mía.

¿Ves cómo te recompenso?

Tu sufrimiento no queda sin recompensa.

Piensa, hija mía, que mi Hijo no te va a dar más de lo que puedas. Las victimas, hija mía, tienen que sufrir, pero ya sabes que mi Hijo te ha dado gancho para hablar de Dios, con ese gancho, hija mía, se pueden salvar muchas almas.

Yo os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice, por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

Adiós, hijos míos. Adiós".





MENSAJE DEL DÍA 1 DE DICIEMBRE DE 1984

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)



Finalizando el cuarto misterio glorioso, Amparo fija su mirada hacia la parte del sol, su rostro refleja gran alegría y con serenos pero profundos suspiros, queda en éxtasis y la santísima Virgen le dice: "Todos aquellos, hija mía, aquellos desdichados que ultrajan la palabra de Dios y pisotean la cruz ¡pobres almas!

Poneos, hijos míos, poneos a bien con Dios, todavía tenéis tiempo; no tengáis miedo, hijos míos, para confesar vuestras culpas; estad preparados, aunque vuestros pecados, hijos míos, sean como la púrpura, se os quedarán como la nieve, pero estar preparados; refugiaos a mi Inmaculado Corazón, él os ayudará, hijos míos; os pido que no sintáis miedo todos aquellos que estéis preparados. Vuestros pecados, hijos míos, aunque sean como la escarlata quedarán limpios. Hija mía, di que se confiesen, di que se confiesen sus culpas. iPobres almas! cuando sientan el ruido del trueno y bramen las montañas; entonces hija rnia, no tendrán remedio; pero aquellos que estáis preparados, refugiaos en Cristo una vez más. También os pido, hijos míos, que nadie os atemorice cuando llegue este momento, sed fuertes, que a mi Hijo le gustan los valientes. También pedimos, hijos míos, almas que expíen los pecados de los pastores de la Iglesia, busco almas, hijos míos, para expiarlos, porque Jesús está ofendido, muy ofendido con esas almas que están materializadas, hija mía, están metidas en el mundo y no se acuerdan de Cristo. ¡Cuánto me agradaría que esas almas fuesen predicando el Evangelio por todos los rincones de la tierra!

Hijos míos, ¿qué hijo cuando ve que su madre está enferma no se pone triste? Yo estoy enferma de dolor, hijos míos, por todos vosotros, por mis almas consagradas, ¡las ama tanto mi Corazón... y qué mal corresponden a este amor!

Besa el suelo, hija mía, por esas pobres almas (Amparo se inclina lentamente y besa el suelo, siendo acompañada en este acto de humildad por muchos de los presentes). ¡Pobres almas! el demonio con su astucia, si hizo pecar a Eva, ¿cómo no las va a hacer pecar a ellas? Tened cuidado, hijos míos, tened cuidado que Satanás con su astucia, quiere apoderarse del mayor número de almas.

Sacrificio, hijos míos, sacrificio y penitencia. Haced visitas al Santísimo. Mi Hijo está triste y solo, triste y solo por el ser humano; porque si no fuese por sus ángeles, ¿qué hubiese hecho con algunos de los sacerdotes? ¡Pobres almas haced sacrificio por ellas; el demonio los encauza por placer y no hacen propósitos para dominar la carne, hijo míos; la carne es débil, pero ellos tienen que ser fuertes, o Cristo o el mundo.

Y tú, hija mía, te quiero humilde y pequeña, muy pequeña, porque a mi Hijo le gustan las cosas pequeñas.

Vuelve a besar el suelo, por todas las almas, por todas hija mía, sin distinción de razas (Amparo por segunda vez se inclina para besar el suelo). Vuelve otra vez a besar el suelo, no has besado el suelo, hija mía (nuevamente Amparo besa el suelo). (1)

Busca la humillación, hija mía, busca la calumnia y sé humilde, con la humildad se consigue todo, hija mía; haz sacrificio, que a mi Hijo le gustan las almas víctimas, y tiene sed de almas, de almas que sepan reparar y quieran.

Hijos míos, os encomiendo a todos aquellos que no os habéis puesto a bien con Cristo, que hoy mismo os acerquéis al sacramento de la confesión, para que podáis acercaros al sacramento de la Eucaristía. Mi Corazón de Madre os ama tanto..., que ya no hay ningún remedio para poderos ayudar; hemos agotado todos los recursos. Preparad, hijos míos, con sacrificio y penitencia. Amad mucho a mi Hijo para que mi Hijo os lleve al Padre y Yo también os puedo llevar a mi Hijo; amadme mucho, hijos míos, como Yo os amo a todos.

Besa el suelo, hija mía, por esas almas que son tan vanidosas y tan crueles con mi pobre Corazón ¡pobres almas impías que quieren gobernar el mundo y sin Cristo, sin Dios no puede haber prueba... (los sollozos no dejan terminar la frase). Puede haber guerra, hija mía, pero Cristo busca la paz; la buscó siempre, por eso hay quien dice que Cristo era socialista, hijos míos; Cristo fue sociable; ya te lo he comunicado muchas veces, no mezcléis políticas, hijos míos, las políticas... (aquí hay en la cinta una interferencia de rezo) y las almas consagradas, las quiero humildes, pobres y sacrificadas (Amparo solloza). Mi Hijo no quiere fariseos, ni impuros, ni almas materializadas, todo lo van a dejar, hija mía, todo; lo más importante es el alma, no piensan, hija mía, que todas las riquezas les van a servir al hombre para condenarse. Viven como el rico avariento, no se acuerdan ni de dar las migajas a los pobres, ¡pobres almas! los imitadores de Cristo, sus almas consagradas. Pobres, humildes y sacrificados os quiero, hijos míos.

Publicad el Evangelio por todos los rincones de la tierra, con el Evangelio, hijos míos, os salvaréis; no le habéis leído muchos, por eso no seguís a Cristo, y si lo habéis leído, ha sido mecánicamente. Que vuestras oraciones de lo más profundo de vuestro corazón salgan, hijos míos. Os quiero pobres, pero santos. ¡Pobres almas mías! Mi Corazón está transido de dolor por ellas cuando veo que se me precipitan en el abismo, ¡cuánto sufre mi Corazón, hija mía! Haced sacrificio, hijos míos, pensad que Cristo sólo tenía una túnica, ni una tuvo de repuesto; con su túnica, sus alforjas y sus sandalias se iba de pueblo en pueblo a hablar del Evangelio, hijos míos. Humildes, humildes y sacrificados, hijos míos, os quiero.

Y tú, hija mía, sé muy humilde, muy humilde, a mi Hijo le gustan las almas humildes. Piensa que nuestras almas, nuestras almas son víctimas; pero, ¡cuánto te ama mi Corazón!

(Amparo habla en idioma extraño).

Desde muy niña te he pulido, mi Hijo te ha pulido, Yo le he ayudado a pulirte para este momento, hija mía. (Amparo expresa el gozo que le embarga) ¿De qué le vale al hombre todo lo que hay en el mundo, si no entra en el cielo, hija mía? Tú estás labrando tu morada, pero te la están labrando los ángeles (Amparo expresa de nuevo su gozo).

Vas a escribir tres nombres en el libro de la vida (Amparo escribe en el aire de izquierda a derecha). Tres nombres más en el libro de la vida, hija mía, ¿ves cómo vale la pena sufrir? Porque estos nombres no se borrarán jamás, hija mía, jamás.

Voy a daros mi santa bendición. (Amparo dice a la Virgen):

Anda bendícelos, bendícelos, anda.

Primero voy a bendecir los objetos, levantad todos los objetos, todos serán bendecidos. (Amparo manifiesta un gran gozo, mientras los presentes levantan toda clase de objetos religiosos).

Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

Adiós, hijos míos, ¡adiós!"



(1) Se le pregunta por teléfono a Amparo:

-Por qué después de besar el suelo por Segunda vez te manda la santisima Virgen que vuelvas a besar el suelo ¿por que no lo has besado?"

(Amparo Contesta): - Yo no lo sé. Yo creo que hago lo que me manda la Virgen. No sé...

(insistimos): -Entonces ¿es que miente Ella? ¿Admites tu eso...?

(Y aclara diciendo); - Me dice el Angel: Besaste la cosa larga que te pusieron para arrodillarte. No besaste el suelo.





MENSAJE DEL DÍA 8 DE DICIEMBRE DE 1984

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)



"Hija mía, soy María Pura Inmaculada, Madre de Dios y Madre de todo ser humano. Defended mi pureza, hijos míos, cuando el Misterio de Dios Padre se encarnó en mis entrañas, no había mancha, estaba más limpio y más claro que la azucena. Hijos míos, si me amáis, defendedme, defended mi pureza, pensad que vuestra Madre fue pura antes y después, hija mía. El rayo de sol, hija mía, entró en mis entrañas, y allí se formó mi Hijo, era el misterio de su Divina Majestad, hijos míos. Mi pureza es un don especial que Dios mi Creador me otorgó, hijos míos. ¡Cuántos míos! Cuando os presentéis ante el Padre, todos serán revelados, tened paciencia hijos míos, y sed humildes para poder alcanzar el cielo, poder participar en todos estos misterios. Hay muchos misterios que a Mí me han sido revelados, hijos míos, como te dije, hija mía; Dios Padre me reveló muchos misterios celestiales: el misterio de la Maternidad de Cristo y el misterio de mi Inmaculada Concepción.

Aquí viví, hija mía, viví igual a los humanos, pero te dije en una ocasión que en todo me parecía al ser humano, menos en el pecado; mi alma estaba hecha para alabar a Dios mi Creador. Formaba tiernos coloquios con El, hijos míos, y mi pecho sentía alegría. No solo el pecho se me llena de dolor, hijos míos, también de alegría. Mi corazón a veces sentía una gran alegría, cuando los ángeles me consolaban, hijos míos; sólo los ángeles saben el misterio de la Encarnación, de mi pureza, de mi humildad en la tierra, y de mi caridad con el ser humano.

Satanás me quería destruir, y cuando quedé sola en la tierra, que faltó mi Hijo, Satanás quería destruirme, pero nunca abandoné la oración, siempre estaba con grandes coloquios con mis ángeles, nunca pudo Satanás conmigo por eso Satanás estaba furioso y formó la enemistad entre la mujer y el hombre, el odio, la envidia, toda clase de pecado, porque sabía que me alabarían todas las generaciones por eso, hijos míos, Satanás es muy astuto y quiso destruirme a mi, que era la Madre de Dios, ¿cómo no va a querer disfrutar, hijos míos, de vuestra alma? Quiere apoderarse de vosotros; la oración y el sacrificio os mantendrán firmes, hijos míos.

Mi vida fue un constante sufrimiento, sufrimiento por que el ser humano no quería dar gracias a Dios de haberle dado la vida, se rebelaba contra El, pero al mismo tiempo, mi pecho sentía una gran alegría cuando mi Hijo formó su altar en mi pecho, y me dejó el sacramento dentro de él, hija mía, yo lo custodiaba de día y de noche: ningún ser humano sabe que mi pecho era el tabernáculo de Cristo; nadie hija mía, porque yo no quise que nadie publicase mi verdad; por eso en la Biblia, hijos míos, se habla tan poco de mí, porque yo no quise; quise que mi Hijo fuese el Rey del Universo y de la tierra; no quise poner a mi Hijo en un segundo lugar porque fue el primero, el primero que mandó Dios para morir en una cruz, y salvar al ser humano.

Yo, hija mía, también me reveló Dios el misterio de la muerte de Cristo, todo lo vi durante toda mi vida, mi corazón sufría, hija mía, como te lo he manifestado; pero al mismo tiempo, mi corazón no quería ver sufrir a mi Hijo, le consolaba, hija mía, como mi Rey y mi amado que era, y El me consolaba a mí como su amada que era, hija mía.

Este misterio te lo he revelado, pero es mejor que el ser humano sepa por qué en la Biblia no se habla de Mí. (Pausa con aclamaciones a la Stma. Virgen).

Mi humildad, hija mía, mi humildad no quiso resaltar para que el ser humano aprendiese a ser humilde, no quise que se escribiese nada de mí.

Te revelaré muchos misterios, hija mía, muchos, de lo que ha sido toda mi vida.

Constantemente, hija mía, seguía a mi Hijo por todas las partes que iba a publicar el Evangelio, yo me embobaba, hija mía, escuchando esas palabras, me penetraban dentro del corazón, hasta el extremo de llenarse mi alma de alegría y rebosar de júbilo y en ocasiones, hija mía, no podía mi gozo resistir y caía al suelo, caía al suelo de gozo, hija mía, pero no abandoné a Cristo en ningún momento, fui su consejera en muchas ocasiones, El me pedía, hija mía, y yo le opinaba; fue ejemplo de hijo, mi Hijo Cristo Jesús.

Leed la Biblia, hijos míos, que todo aquél que lea la Biblia, es la palabra de Dios, aprenderá, hijos míos, aprenderá a amar a Dios; pero ¡hay de aquellos que añadan o quiten de lo que hay escrito! porque no entrarán en el reino del cielo. Todos aquellos que están confundiendo la doctrina de Cristo ¡pobres almas!, pedid por ellos, hijos míos, y sed tabernáculos, hijos míos, como mi... (aquí continúa hablando brevemente en un idioma extraño, no conocido), así quiero que seas, hija mía, un altar, que forme tu pecho el altar de Cristo (Amparo manifiesta gozosas efusiones).

Sigue a Cristo, hija mía, hasta la muerte, imita a tu Madre, te iré revelando secretos, secretos y misterios.

Ten cuidado, hija mía, que Lucifer está alerta, y donde está María, allí quiere destruir. María Reina del Universo, Reina del mundo y Madre de la Iglesia, hija mía ¡qué misterio más grande!

¡Qué gozo se siente en el corazón, cuando mi Hijo manda...! (aquí de nuevo Amparo, dice unas palabras en ese idioma extraño, no conocido y experimenta intensa alegría).

Bienaventurados aquéllos, hijos míos, que se humillan, porque serán ensalzados.

Yo fui humillada, hija mía, humillada, pero mi humildad pudo más que la humillación; viví igual que los humanos, mi vida fue igual, -pero la Divina Majestad no quiso, hija mía, no quiso que imitase al hombre, porque el hombre era cruel- en el físico del cuerpo, pero el alma, mi alma, era pura, pura e inmaculada, porque iba a ser la Madre de mi Rey, el Salvador, Dios mi Creador, salvador del ser humano.

Besa el suelo, hija mía, hoy es un gran día para expiar pecados de las almas, hay que expiar hija mía, porque hay muchas almas que niegan la palabra de Dios, no creen en su existencia, ...(Amparo y muchos de los presentes besan el suelo), os quiero, hijos míos, os quiero pequeños, muy pequeños, para luego subir alto, muy alto.

Veréis, hijos míos, cuando llegue este momento qué grandeza, hija mía, ¡qué grandeza os espera! Yo tuve el privilegio también, de estar tres días en el cielo, hija mía, con mis cinco sentidos igual que el ser humano, vi la grandeza que Dios Padre tenía preparada para esta pobre criatura. No hay grandeza que pueda compararse a esa grandeza, por eso, hijos míos, con humildad, sacrificio y caridad, alcanzaréis a gozar esta vida, es una maravilla, hijos míos, no quiero que os condenéis, quiero que os salvéis todos, hijos míos. Con sacrificio, hijos míos, oración y penitencia, allegaréis al sacramento de la confesión para recibir el sacramento de la Eucaristía; sed fuertes, hijos míos y no os dejéis engañar por el enemigo, el enemigo se puede meter en cualquiera uno de vosotros para destruir la obra de mi Hijo.

Vuelve a besar el suelo, hija mía, en reparación por las almas consagradas... (Amparo y muchos de los presentes vuelven a besar el suelo).

Hijos míos, hoy vais a recibir gracias especiales, cuando Dios Padre manda al Hijo, para que os mande las gracias especiales para el día de las tinieblas, hoy, hijos míos, tengo el privilegio de concederos también esas gracias, todos los objetos que sean bendecidos servirán para el día de las tinieblas; todos lucirán en cualquier sitio que estén. Levantad todos los objetos, tienen gracias especiales, hijos míos, no os deshagáis de estos objetos, tienen mucho valor.

Ahora hijos míos, os voy a dar una bendición especial: os protegeré, hijos míos, y os asistiré en la hora de la muerte a todos aquellos que recibáis esta bendición, mis ángeles estarán presentes, todo el ejército de ángeles que me acompañaron durante toda mi vida.

Yo os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice, por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

Adiós, hijos míos, ¡adiós!"



(Se oyen voces emocionadas): Adiós, Madre mía.





MENSAJE DEL DÍA 23 DE DICIEMBRE DE 1984

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)



Terminado el quinto misterio, en la salutación "Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo", Amparo entra en éxtasis en el que habla la santísima Virgen diciendo:



"Hija mía, estos días tan importantes para Mí, no podía faltar mi bendición.

Cuando el Verbo humanado, hija mía, nació de mis entrañas, se lo ofrecí al Eterno, y el Eterno me contestó, hija mía:

María, cuida a tu Hijo, amamántale, aliméntale y cuídamele, porque luego vendré a por El.

Yo sabía, hijos míos, que (habla en el idioma celestial y Amparo llora).

(Amparo entre expresiones de tierno y entrañable alborozo):

¡Qué pequeñito!, ¡ay, qué pequeño!, ¡ay!, ¡ay, qué pequeño!, ¡ay, qué pequeñito!, ¡ay, qué hermosura!, ¡ay, qué hermosura!, ¡ay, qué pequeñito! ¿Quiénes son todos ésos?

Ejércitos celestes, hija mía.

¡Cuántos! ¿Ni un momento te dejan sola? ¡Ay, qué grande! ¡Qué hermosura hay ahí! ¡Ay! ¡Y que ese Niño tan hermoso tenga que morir...!



Sí, hija mía, se engendró en mis entrañas para Verbo humanado, para morir para redimir a la humanidad.

Dios Padre, hijos míos, quiso que lo cuidase para que muriese en una cruz, para redimiros del pecado y gozar de la vida eterna, hijos míos.

Así fue Cristo. Así fue, hija mía.

Tú sabes cómo le cuidé, con qué esmero, y luego cómo lo entregué a la muerte, y muerte de cruz, porque sabía que con su muerte iba a redimir a todo aquél que quisiese salvarse.

Cuando Yo hablaba con El, hija mía, dentro de mis entrañas, te lo he manifestado otras veces, se ponía de pie con las manos juntas orando, orando para que no cayerais en tentación, hijos míos. Ya, estando engendrado dentro de Mi, quería salvar a la humanidad; pero la humanidad es cruel, hija mía.

Yo le cuidé, le amamanté como una madre buena que amaba a su hijo, pero el ser humano, ¡qué cruel corresponde, hija mía!, ¡cómo corresponde a mi Corazón! ¡A mi Corazón de Madre, hija mía!, porque fui Madre de Dios y luego, me dejó mi Hijo como Madre de la humanidad. Por eso os pido, hijos míos, quiero que os salvéis.

Os dije que mis mensajes se estaban acabando, hijos míos; pero ¿qué madre ve que su hijo se precipita en el abismo y no le sigue avisando, hijos míos? ¿Cuántas veces hijos míos, habéis dicho a vuestros hijos, hijos míos: no os voy a avisar más, seréis castigados", y no los habéis castigado? Los habéis avisado una, y otra, y otra, y otra vez.

Eso hace vuestra Madre del cielo, os da avisos para que os salvéis, hijos míos.

Cumplid con los Diez Mandamientos. Todo aquél que cumpla con los Diez Mandamientos se salvará, hijos míos.

Mira, hija mía, cómo salía mi Hijo de mis entrañas. Como el rayo del sol entró dentro de Mí, y como el rayo del sol salió de Mí. No manché, hija mía, no manché nada que fuese impuro. Te lo manifesté. Mis ángeles, mis tres Arcángeles, San Miguel, San Gabriel y San Rafael, cogieron a Cristo nada más nacer, hijos míos. Ellos me lo entregaron en mis brazos.

José estaba extasiado, tuve que decirle:

José, que tu Hijo está ya aquí.

Y José alabó a su Hijo, a su Hijo adoptivo, hijos míos.

Tiernos coloquios, hijos míos, hicimos con El. El nos respondía, tan pequeñito, pero ya tenía la sabiduría.

Con esta pobre ropa, hija mía, le envolví, porque no tenía pañales.

¡Ay, pobrecito! No teníamos..., ¡pobrecito! ¡Pobrecito! No le acuestes ahí, ¡qué frío pasará ahí! No le acuestes. ¡Ay, pobrecito! ¡Ay! ¿Tenía que ser eso así? Ni una cama, ni una cuna, ¡ay, pobrecito! ¡Ay, qué rico es! ¡Ay! ¡Cuántos ángeles...! hasta fuera llegan los ángeles ¡Madre mía! ¡Cuántos hay! ¡Uf!, pero ¿tántos hay aquí abajo? ¡Uf! ¡Huy esos que les sale la luz de ahí! ¡Huy! del pecho, ¿también son los ángeles? y ¿esos otros? ¡Ah! ¡Huy, ángeles corporales! y ángeles que no son corporales, pero son iguales ¡vaya suerte que tienes!

¡Huy! ¡Ay! No hace falta nadie si está ahí todo lleno de ángeles, ¡qué maravilla! ¡Ay!

Pero, ¿no se puede acostar en una cunita? ¡Pobrecito! Ahí tendrá frío. Tápale un poquito.

¡Ay, qué cara! ¡Ay, cómo se ríe! ¡Ay, pobrecito! ¡Ay! ¡Niño bonito! ¿Puedo tocarle otra vez? (Amparo se inclina hacia adelante como si tocase algo que está en el suelo) ¡Ay, qué lindo eres! ¡Ay! Yo podía quedarme aquí "pa" cuidarlo ¡siempre! ¡Ay!, pero no me lleves al otro sitio, ¡déjarne aquí con El! ¡Ay! ¡Yo no quiero irme al otro sitio! (empieza a llorar). ¡Déjame un poquito aquí más con El! ¡No me quiero ir de aquí! ¡Yo no quiero irme de aquí! ¡Ay! ¿Por qué me tengo que ir al otro sitio, si aquí se está muy bien?



Tú eres el instrumento, hija mía, y tú misión no se ha acabado.



(Amparo llorando): Pues ¡ya está bien, lo larga que es la misión ésta!

Yo quiero quedarme aquí. ¡Yo quiero quedarme aquí! Hacedme lo que sea aquí, pero yo no me quiero ir a la otra parte, ¡con lo bien que se está aquí!

Aunque sea soberbia, pero yo me quiero quedar aquí. ¡Ay, qué alegría estar aquí! ¡Ay! Luego te vas al otro lado y la gente a reírse y yo no quiero irme al otro sitio.

Aquí voy a ser mejor, te lo prometo, que aquí soy mejor.



Tienes que purificarte entre ellos, hija mía, porque eres hija de Adán, y de Adán has heredado.



Pues, ¡qué gracia! Bueno, pero con tu ayuda ¿verdad? Me tienes que ayudar, porque es que me dejas sola, ¡pero sola! Hay veces que ni te veo, ni te puedo tocar, ni te oigo ¿eh? No me abandones así, de esa forma.

¡Ay, qué grande eres! y ¡qué feliz eres ahí con tu José, y con tu Jesús, y con tus ángeles!, y yo ¿qué? ¡Qué felicidad tienes, Madre mía!



Primero la felicidad, hija mía, y luego el dolor.



Y yo siempre el dolor ¡siempre, siempre el dolor! ¡Ay! ¡Si me dejaras aquí! Te prometo que haría todo lo que me dijeses Tú, y lo que fuese haría, Madre mía, todo ¡todo!



No seas soberbia, hija mía.



¡Ay! ¡Ay! Yo quiero que me ayudes. ¡Ay! que misión tan dura ¿eh? Vaya misión que me has encomendado ¿eh?



Pronto estarás pulida, hija mía.



¡Pronto! ¿Desde cuándo estás diciendo que pronto estaré pulida? Pues, ¡anda! sí que tenía que pulir ¿eh?

¡Ay! ¡Ayúdame! ¡Ay!, pero en el otro lado también, no sólo aquí. ¡Ay! Yo te prometo, te prometo que ayudaé a muchas almas a que puedan alcanzar esta maravilla, porque lo otro ¿es igual que esto? ¿más todavía? ¡Claro! ¡Ay, Madre mía! ¡Ay, pobrecito San José! ¡Ay! ¡Ay! Qué mayor está! ¡Ay! ¿Cómo está con la cabeza en el suelo? ¿Qué hace? ¿Adorando a Jesús? ¡Ay!, pues yo tambien le quiero adorar (se inclina lentamente y pone la cabeza en el suelo).

Hijos míos, podéis cantar: "Gloria a Dios en el cielo y a los hombres en la tierra de buena voluntad".

¡Ay, qué Niño!



Voy a bendecir todos los objetos, hijos míos. Esta gracia especial os va a dar vuestra Madre.

Levantad todos los objetos... Todos han sido bendecidos,hija mía.

Os voy a dar mi santa bendición; pero antes os voy a pedir que améis mucho a Cristo. Amadle con toda vuestra alma con todo vuestro corazón y con todas vuestras fuerzas. Amad a mi Hijo, hijos míos, que este amor no quedará sin recompensa.

Os bendigo, hijos míos como el Padre os bendice, por medio del Hijo, y con el Espíritu Santo.

Adiós, hijos míos. ¡Adiós!"



MENSAJE DEL DÍA 25 DE DICIEMBRE DE 1984

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)



En la meditación del segundo misterio aparece la santísima Virgen y dice a Amparo extasiada:



"Mira, hija mía, el Verbo humanado en unas tristes pajas. En un pesebre pobre. Liado, hija mía, liado con un triste pañal.

Pero vas a decir, hija mía, la misión de cada Ángel.



¡Ay! ¡Ay! ¡Cuántos hay!, pero esos tres... Ese es San Miguel, ¿a dónde va?



Bajará, hija mía, a la profundidad del limbo. Va a avisar a Joaquín, a Ana, a los Santos Padres y a todos los Profetas.

Mira cuántos santos hay en el limbo.



¡Uy! ¡Ay! ¡Ay! ¿Esa quién es? Esa es la madre de la Virgen, ese es el padre, ¿qué le dicen al ángel?

Les están diciendo ¡Ay, qué lenguas! y el ángel les está diciendo que ha nacido el Rey de cielo y tierra, que su hija lo ha mandado a avisarles.

Le dice Ana que lleve el recado a su hija, y llama a todos los que hay en el limbo y se ponen a cantar un himno de alabanza para ese Niño.

Pero ¡si los muertos no se ven! ¡Ay, cuántos misterios! Ahí están de rodillas todos. Están cantando un himno, un himno ya: "Gloria al Rey que ha nacido encarnado en una doncella, humanado ¡uy!, como Rey de cielos y tierra".

Todos ¡ay!, todos están cantando. ¡Qué estrechos están ahí! Parece un infierno eso.

Este Rey que ha nacido, morirá en una cruz para redimir al mundo. Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que aman a Dios.

Ahora, hay otro ángel que se va por un camino lleno de piedras.

Hay un letrero que pone Belén; hay otro letrero que pone Damasco; hay otro letrero que pone Palestina.

Va por un camino lleno de luz ¡Ay! Llega a una casa que parece como un palacio. Hay un pozo ¡Ay! Llama a la puerta, porque el ángel puede llamar a la puerta ¿Se puede entrar? ¡Ay! un cuerpo celeste.

Sale una mujer mayor, con un velo en la cabeza dado dos vueltas, unas faldas muy largas.

Lleva un niño en brazos como de seis meses. Habla con el ángel. Le abre la puerta. Hay como un jardín y a la izquierda hay un pozo con un cubo.

Esta mujer se sienta en un poyete de madera y al niño lo tiene encima.

El ángel le dice que ha nacido el Redentor, que viene a avisarles porque María le manda.

Cae de rodillas esta mujer. Ese niño también, tan pequeño, cae de rodillas ¡ay!, pero ¿cómo puede ser eso?

Miran al cielo y están diciendo:

Bienaventurado Aquel que mandará en todas las generaciones. Yo estoy a tu servicio, mí Señor. (Le dice al ángel):

Dile a María que no se olvide de nosotros, que la seguiremos siempre, hasta la muerte.

El ángel le dice:

Este Niño está muy pobre, ha nacido en un pesebre entre pajas.

Esta mujer pasa a una casa que parece un palacio. Coge ropa, la lía. Entre esa ropa hay ropa de un niño pequeño. Coge dinero, lo mete dentro del lío de la ropa y se lo da al ángel. También hay ropa de mayores.

Esta mujer le dice al ángel:

Dáselo a María, para el pequeño, y para su esposo y para Ella. Es un lienzo fino que el Rey de cielos y tierra se merece, no se merece estar entre pajas.

Hay otro ángel. Ese ángel va por un campo. Hay mucho ganado, muchas ovejas. Hay muchos chicos con pieles sobre la espalda.

Viene una gran luz. Se caen al suelo asustados y gritan:

¿Quién es? ¿Quién hay ahí?

El ángel les dice:

No tengáis miedo. Soy el ángel San Gabriel. Os vengo a avisar que ha nacido vuestro Mesías, el que estabais esperando. Id por este camino y en un pesebre habrá un Niño resplandeciente. Aquél que veáis lleno de luz y entre pajas, es Jesús, es Jesús, el Rey, el Salvador, el Rey, el Salvador, el Dios Omnipotente, Hijo de Dios vivo. Id y adoradle.

Van muchos de éstos que llevan la piel a la espalda. Llevan varas. Van por un camino ¡Ay, cuántos! ¡Ay! se van por otro camino. Viene una gran luz. Esa luz es como una flecha. Los guía hasta el portal. Se arrodilla y adoran al Niño.

¡Ay, qué grande eres! ¡Ay!

Vuelven a cantar:

"Gloria a Dios en el cielo, y a los hombres, en la tierra, de buena voluntad"

¡Ay, cuántos ángeles! ¡Huy, qué cosas! ¡Ay!

En otra parte, hay hombres horribles, ¡huy, qué horror! No se pueden arrimar ahí. ¡Ay!

¡Ay! Viene un ángel y van huyendo, ¡ay! ¡Si ése es el de la otra vez! ¡Ay!, si es el demonio. ¡Huy! ¡Ay! se los lleva a todos. Están en una cueva profunda. Habla Satanás, les habla a todos y les dice:

Estad alerta, que no ha nacido el Hijo de Dios vivo todavía. Ha dado a luz una mujer, pero no es la Madre de Dios, porque ha nacido en un pesebre, entre pajas. Y si Dios es Creador y rico, no permitirá que nazca su Hijo en un pesebre.

Estad preparados, porque el tiempo ha llegado de que nazca ese Mesías.

He hablado con Herodes, ¡ay, qué risa! Herodes cree que es el Hijo de esa doncella, que es el Mesías; con esa pobreza no puede nacer ese Mesías.

Hay que seguir buscando, buscando en ricos palacios, porque el Rey del cielo nacerá en un palacio. ¡Estad preparados!

¡Qué horror! ¡Ay! Todos se ponen en fila y salen de esa caverna, ¡Ay!, se esparcen por todos los sitios ¡Ay! ¡Ay, qué horror! ¡Ay!

La santísima Virgen:

Hija mía, adorad a Cristo. Adoradle, porque adorando y meditando, y siendo humildes, hijos míos, Satanás no podrá arrimarse.

No pensaba Satanás que Dios Redentor del mundo, podría nacer en una cueva. Fue tan grande la humildad de nuestros Corazones, que quisimos dar ejemplo a la humanidad.

Sí, hija mía, por eso te pido que seas humilde, muy humilde, pues con la humildad no podrá Lucifer arrimarse.

Has visto las maravillas más grandes de Dios Creador, hija mía.

Lo mismo que los ángeles fueron a evangelizar el Nacimiento, os pido hijos míos, que vayáis a evangelizar el Evangelio por todos los rincones de la tierra.

Hijos míos, humildad pido, humildad, sed humildes, muy humildes.

Besa el suelo, hija mía, para que seas humilde (Amparo se inclina lentamente y sin apoyarse, besa el suelo).

Satanás no podrá con la humildad. Lucifer puede con los soberbios, pero con los humildes no puede, hija mía.

No os abandonéis en la oración ni en el sacrificio, hijos míos.

Y tú, hija mía, refúgiate en nuestros Corazones. Refúgiate en esta Familia. Esta Familia, hija mía, es Sagrada (Amparo se inclina hacia adelante y hacia un lado como buscando cobijo).

Siempre piensa, hija mía, en la pobreza, en el pesebre, y en la humildad, y en la cruz.

Te revelaré un secreto, hija mía, de tu infancia. Sólo tú podrás comprenderlo (habla en el idioma celestial). Mira si imitabas a Jesús sin conocerle, hija mía, naciendo..., ya sabes, no te avergüences, hija mía.

Bienaventurados los pobres, hija mía, porque de ellos es el reino de los cielos.

Esta bendición también será especial, hija mía. Os bendeciré a todos con una bendición especial.

Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice, por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

Adiós, hijos míos. Adiós.



Amparo al finalizar el santo Rosario dijo:



De esta parte (señalaba a la derecha), estaba el buey y la mula, un ángel en aquella parte y la Virgen, el Niño y San José, y en esta parte, el Señor crucificado en la cruz, o sea, como el Señor crucificado en la cruz, pero yo no sé si alguno lo habrá visto, yo creo que lo ha visto alguien ¿eh?, pero el que no lo diga, peor para él ¡claro!





MENSAJE DEL DÍA 30 DE DICIEMBRE DE 1984

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)



Vamos a empezar el santo Rosario.

"Hija mía, son unas fiestas muy importantes y no os puedo dejar de bendecir.

Yo os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice, por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

Adiós, hijos míos. Adiós.





MENSAJE DEL DÍA 31 DE DICIEMBRE DE 1984

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

Aquí está vuestra Madre, hijos míos, como Madre y como Amiga.

Confiaros a mi Corazón. Como Madre, porque soy vuestra Madre, hijos míos, por eso sigo avisando.

Vas a ver, hija mía, otra escena de la vida de Jesús, hija mía. Cuenta lo que ves.



Amparo comienza a narrar:

Está el Niño en el portal; ¡ay!, en esa cueva. Sigue ahí. Está San José y la Virgen su Madre.

Coge al Niño la Virgen, le dice:

Rey mío, Rey de cielo y tierra, lucero de mis entrañas, amor del Padre, amor del Hijo y amor del Espíritu Santo.

Dios Eterno, que has dado la hermosura a este Niño, primogénito tuyo y mío, Rey.

La Virgen le acaricia y le dice a José:

José, no te he querido revelar un secreto hasta que Dios Padre no me lo comunicase. Ha llegado el momento de comunicártelo.

¿Sabes que nuestro Hijo, tuyo adoptivo y mío natural, tiene que ser circuncidado?

Amparo: ¿Qué ese eso? ¡Ah! Circuncidado, ¡ah!

Continúa la narración:

José pone la cara muy... ¡huy!, como si no entendiera.

La Virgen le dice:

Tenemos que obedecer a las leyes de Moisés, es la ley de que todos los niños sean circuncidados, y nuestro Hijo tiene que hacerlo también.

¡Qué dolor siento, José, en mi Corazón! porque pronto empieza a derramar la sangre por la humanidad. Es inocente. No tiene pecado como todos los que van a circuncidarse, pero hay que hacerlo. Tenemos que dar ejemplo, Jose.

San José mira al cielo y dice:

Que se haga tu voluntad, Dios Sabio, Dios Omnipotente y Dios Creador.

La Virgen coge al Niño, le acaricia y le dice:

Hijo de mi alma, tienes que ser circuncidado. Hijo mío, hay que dar ejemplo al ser humano.

El Niño responde:

Madre amada mía, Yo he venido a sufrir.

¡Cómo habla ese Niño!

Acaricia la Virgen al Niño. Lo tiene en sus brazos ¡Ay, qué hermosura! ¡Ay, qué grande eres! ¡No hay otra cosa más bonita que Tú! ¡Ay, Madre mía! Ay, qué hermosura! ¡Ay!

Habla la Virgen a San José y le dice:

José, vete y llama al sacerdote. Que venga aquí a la cueva para que haga el Sacramento. No quiero sacar al Niño para que no se enfríe.

Vete y avísale.

Va San José, se mete en un sitio, en una sala muy grande. Hay un hombre vestido con una cosa colorada. Habla con él. ¿Quién es ese hombre? ¡Ah!

Sumo Sacerdote -le dice José-, mi esposa quiere que vayáis a casa a circuncidar a mi Hijo.

Coge ese señor, el que le ha dicho que era el Sumo Sacerdote, llama a otros dos y se van con José.

Llegan a donde está la Virgen. La Virgen sale a la entrada. Besa sus manos. Les dice que pasen.

Pasan dentro mirando a todas las partes. El de atrás le dice al de delante:

¡Qué pobreza tiene esta mujer! Aquí no se va a poder hacer la circuncisión. Está muy pobre este lugar.

Llegan los tres dentro. La Virgen le dice a Dios Padre, se arrodilla y le pide que no sea su Hijo circuncidado. Que si Ella puede pasar otro dolor por ese...

Oye la VOZ del Padre que le dice:

María, cuando tu Hijo nació, te dije que le amamantaras, que le alimentaras, y le hablaras hasta que Yo viniese a por El. Esta es otra prueba, María, es un Sacramento.

La Virgen se coge el pecho, se agacha con la cabeza en el suelo, y le dice:

Hágase tu voluntad, asi en la tierra como en el cielo.

Habla la Virgen con el sacerdote y le dice:

¡Por favor!, que el cuchillo sea lo más suave posible. Que no se haga mucho daño al Infante.

La Virgen dice mirando al cielo:

¡Ay, Leyes santas! Cuánto dolor causáis a mi Corazon! ¡Que mi Hijo inocente tenga que pagar como un pecador...!

Dicen a la Virgen que no entre. No la dejan entrar. Cogen al Niño, pero la Virgen se arrodilla y les pide que le dejen, que la dejen estar con su Hijo hasta el último momento de la circuncisión. Esos no le dejan (llora).

Sale el que hay atrás y la llama. Le da el Niño al otro, ¡ay, que sí, que la dejan! Y pasa la Virgen a una habitación de la cueva muy pequeñita.

Hay como un altar con un paño blanco, dos velas.

La Virgen quita la ropa al Niño, ¡cómo la empaqueta la ropa!

¡Ay, qué Niño más rico! ¡Ay! ¡Ay, pero, ¿qué le van a hacer con ese cuchillo?

La Virgen pide:

¡Que no le hagan mucho daño a mi Hijo!

¡Ay! Coge la Virgen una toalla que lleva a la cintura, y pone un cacharrito debajo. Caen tres gotas de sangre. Coge al Niño, le pone la toalla, le acaricia y le dice:

¡Bien mío! ¡Amado mío!, ya empiezas a sufrir.

¡Ay, Madre, cómo llora el Niño! No llores amor mío. ¡Ay, qué pena! ¡Pobrecito! Pero, ¿cómo le pueden hacer eso? ¡Ay! ¡Ay, Madre mía! ¡Ay, pobrecito, que no llore! ¡Ay!

Hay muchos ángeles, ¡huy, cuántos ángeles! ¡Muchos! ¡Muchos! ¿Cuántos son? ¡Huy, no se pueden contar! ¡Ay! Dime cuántos hay. Ponme un número. ¿Hay doce mil? ¡Ay, cuántos! ¡Ay. cómo cantan!

Le dice la Virgen que canten para consolar al Niño. ¡Cómo cantan!, ¡ay qué hermosura!, ¡ay, qué hermosura!, ¡ay, qué hermosura!

La Virgen no deja al Niño. Lo tiene en brazos. Llora mucho la Virgen (se oye llorar). Aprende a sufrir.



La santísima Virgen:

Otro día, hija mía, verás otra escena de la vida de Cristo.



¡Pobrecito!



Ahora, os voy a bendecir todos los objetos.

Levantad todos los objetos. Todos han sido bendecidos.

Os voy a dar mi santa bendición:

Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice, por medio del Hijo, y con el Espíritu Santo.

Adiós, hijos míos. ¡Adiós!"




APARICIONES DE PRADO NUEVO DEL ESCORIAL